Nicaragua y la trampa del rezago tecnológico

16 de septiembre de 2014 04:46 AM

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Si medimos la evolución de la brecha tecnológica entre países por la evolución de sus productividades relativas, encontraremos que la productividad de Nicaragua representó en promedio el 62.3 por ciento de la de Costa Rica y el 24.4 por ciento de la de EE. UU. en 1950-77, pero que en 2010 esos porcentajes se habían reducido a apenas 22.9 y 6.8 por ciento, respectivamente.

Las cifras indican que también las exportaciones de Nicaragua como porcentaje de las exportaciones mundiales y centroamericanas han experimentado una declinación igualmente marcada, mientras que la producción doméstica se ha visto crecientemente desplazada, incapaz de competir con los bienes importados en el propio mercado interno.

Este es el cuadro típico de un país que se encuentra “enllavado” en una trampa de creciente rezago tecnológico, condenado a producir y exportar un número limitado de bienes de bajo valor agregado y limitado dinamismo de la demanda interna y externa. Esto se debe a que los países con limitada capacidad tecnológica solo pueden producir competitivamente un número muy limitado de bienes y servicios.

La incapacidad de diversificar la estructura productiva hacia bienes y servicios de creciente complejidad tecnológica es lo que explica que en la fase del bono demográfico la creciente fuerza de trabajo nicaragüense se encuentre atrapada, principalmente, en actividades de muy baja productividad.

La implicación de este análisis es inescapable. No existe ninguna alternativa si realmente se desea romper este círculo vicioso que hacer el esfuerzo nacional indispensable por diversificar el aparato productivo y la canasta exportadora y comenzar a generar empleos, principalmente en actividades de creciente complejidad tecnológica.

La evidencia subraya en el hecho de que los países que logran escapar de la trampa de baja productividad e ingresos son aquellos capaces de diversificarse con relativa rapidez desde la agricultura y los servicios tradicionales hacia actividades con mayor potencial de difusión tecnológica e incrementos de la productividad.

La velocidad con la cual lleva a cabo esta transformación es el factor clave que distingue a los países que logran romper el círculo vicioso de la baja productividad.

Pero esto implica efectuar también un esfuerzo paralelo y extraordinario por acumular el requerido acervo de cocimientos tecnológicos, los recursos humanos capaces de dominar y manejar este acervo y por proveer los bienes públicos y el marco de políticas e instituciones de fomento que hagan posible y promuevan este proceso.

Los megaproyectos intensivos en capital —que por definición generan relativamente poco empleo y funcionan como un enclave en una economía en la que continúan predominando los empleos de muy baja productividad, en la cual además las actividades transables fueron destruidas o debilitadas al máximo por un episodio de enfermedad holandesa sin precedentes— no representan ninguna salida a este círculo vicioso.

Por supuesto resulta muy difícil combatir las falsas ilusiones y la peor ilusión consiste en imaginar que un país puede romper el círculo vicioso al cual se ha encadenado por décadas, sin hacer el esfuerzo extraordinario necesario para ello, gracias a un “regalo” que nos caerá desde arriba.

Para estar claros, seis décadas después de entrar en operación el Canal, Panamá era todavía un país de similar nivel de desarrollo que Nicaragua, el Canal no había producido ningún “milagro de desarrollo”. El Canal comenzó a contribuir en una medida mucho mayor al crecimiento de Panamá cuando, hace década y media atrás, retornó a manos panameñas y comenzó a transferir mil millones de dólares anuales al Presupuesto.

Para Nicaragua el tiempo se agota rápidamente sin que parezcan existir planes para llevar el esfuerzo de desarrollo requerido. En 26 años más el país habrá arribado a la fase plena de envejecimiento y en 36 exhibirá el mismo grado de marchitez.

Fuente: laprensa.com.ni

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