Las mil historias de Laguna de Perlas

11 de mayo de 2014 11:03 AM

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Por Orlando Valenzuela | Destinos

En la madrugada, cuando las estrellas aún brillan en el cielo despejado, se ve salir de las casas que bordean la Laguna de Perlas las siluetas de hombres cargando redes, termos, remos y rollos de plástico negro; suben a botes pequeños de madera, cayucos les llaman ellos, y navegan sobre las aguas grises en busca de camarón y peces variados.

Sodldan McCoy tiene 64 años y vive en el mismo lugar donde vivieron sus antepasados hace siglos, a quienes se refiere con un profundo respeto. Él también vive de la pesca del camarón que abunda en la inmensa laguna de la costa caribeña de Nicaragua.

“Cuando voy a pescar salgo de madrugada, tipo tres de la mañana y regreso a las dos o tres de la tarde, según la pesca. Si está buena, lleno mi bote y me vengo; a veces está duro y me dilato, entonces ahí voy rebuscando, pero siempre hay, nunca me vengo con las manos vacías”, relata McCoy, un nativo criollo.

No sale a pescar de madrugada todos los días, porque él aplica una técnica que casi siempre le ha dado buenos resultados. “A veces salgo mas tarde, porque con mi experiencia de mas de 40 años he aprendido a salir según la marea y la luna, porque la marea depende de la luna; y antes de salir yo veo la marea y sé cuándo es buena hora para salir a pescar. A veces espero, para ver cómo viene (la marea) porque con la marea viene el camarón, el pescado… ¡Viene todo! Muchos no lo saben, pero ese es el secreto, un secreto que mi abuelo me lo enseñó”, dice McCoy con una sonrisa que denota satisfacción.

Él es parte de un gremio de casi quinientos pescadores que habitan en las comunidades que bordean Laguna de Perlas, en la Región Autónoma Caribe Sur (RAAS), una laguna costera de agua dulce de 532 kilómetros cuadrados, que se comunica con el mar y es rica en mariscos y peces, principal fuente de alimentos de los 29 mil habitantes de la zona.

En su bote propulsado por un motor de 15 caballos, McCoy suele cruzar la barra de olas altas que divide la laguna con el mar y entra unos 13 kilómetros en las aguas del Caribe para capturar langosta, camarón y algunos peces con buena demanda en el mercado local, como róbalo, pargo y roncador.

En esas faenas converge con pescadores de distintas etnias y comunidades, como los garífunas de Orinoco, los miskitos de Kahkabila y Raitipura y los creoles de Haulover.

“La laguna da para todos, solo si uno es boludo no hace nada porque aquí, además de camarón, sacamos palometa, lisa, mero, róbalo, sábalo, roncador, pargo… Hasta tiburones medianos y otros peces que vienen del mar, aquí los pescamos con anzuelo y atarrayas. Esta laguna es una fuente de riqueza que tenemos que cuidarla, para mantenerla limpia y tenerla de generación en generación”, comenta McCoy.

Sodlan McCoy vive el en barrio Iván Dixon, en la punta norte de la comunidad de Laguna de Perlas, tiene 10 hijos y 16 nietos. “Es grande mi familia, mis tíos tienen diez y mas hijos y yo, ahora, estoy haciendo mi casa en el mismo lugar donde nacieron mis abuelos y mi papá”, cuenta el pescador.

Cuando el sol aparece, Wil-son Ramírez ya está a tres kilómetros de la costa sur de la laguna, entre un nutrido grupo de botes pequeños con pescadores que, entre bromas, lanzan las atarrayas sobre un banco de camarones blancos.

El ambiente es de camaradería, chistes y cuentos, mientras tratan de mantener el equilibrio sobre las canoas de madera, en las que van echando todo lo que llega enredado en las redes de nylon o manila.

“Es una fregadera, todo mundo pescando, haciendo bromas, hablando como locos, así son los majes, los mayores matizan más”, justifica Ramírez, quien tiene 25 años de edad y empezó a lanzar la atarraya desde los 10 años, ayudando a su papá.

“Yo saco chacalines, pescado, en fin, todo lo que caiga; no todos los días hay camarón, eso depende del agua, si está clara, como en verano que toda el agua está clara. Vengo a las cuatro o cinco de la mañana y regreso a las 8, trabajo tres horas, saco mis diez libritas y las traigo a la casa para comer o vender a la gente de la comunidad”, explica.

Ramírez dice que en la época cuando abunda el chacalín o camarón “seabob”, se trabaja duro porque hay que entregar seco el producto, un proceso que empieza con el cocimiento del pequeño camarón con una porción de sal, luego lo ponen a secar en la playa por dos o tres días y al final lo limpian.

El problema es cuando extraen bastante chacalín y hay poco sol, porque los pescadores carecen de suficientes congeladores para guardar tanto producto. En consecuencia, pierden parte del esfuerzo.

“El mayor problema que tenemos los pescadores es con los compradores, porque el comprador es el que pone los precios, y si no se vende al precio que ellos quieren, el chacalín hay que comerlo o se pudre. Ellos dicen: ‘No, solo puedo pagar C$35 o C$25 por la libra’, cuando en Bluefields vale C$80 o C$100 la libra. Entonces, ¿qué vamos a hacer?, reflexiona Ramírez.

En Laguna de Perlas abundan las comidas a base de camarón y pescado. A cualquier hora del día, los restaurantes y comedores ofrecen ceviche, sopa marinera y camarones con distintas recetas.

Julio Martínez, chef del restaurante Queen Lobster, dice que compra el marisco a los pescadores artesanales, para garantizar la frescura del producto con que prepara sus platos especiales: Camarón en salsa de coco y camarón con langosta en la misma salsa.

Rodolfo Chang, biólogo marino, quien trabaja con la Sociedad para la Conservación de Vida Silvestre en Laguna de Perlas, explica que existen dos especies de camarón, uno que es especial para secar, llamado “Seabob”, conocido popularmente como chacalín, que es extraído en grandes cantidades y una vez seco es hasta exportado a otros países.

“Este camarón está únicamente en el mar, no entra a la laguna, es pequeño y cuando se cocina se pone de color mamón”, indica el científico.

“La otra especie es el camarón blanco, el que come la gente en los restaurantes. Este camarón utiliza el mar en una etapa de su vida y la laguna en otra etapa”, continúa Chang. “El camarón entra a la laguna como larva arrastrada por la marea y llega a los manglares, donde va creciendo, y cuando ya es adulto sale al mar a poner sus huevos; y allí en el mar es donde los barcos camaroneros pescan el camarón jumbo (grande). Después, las larvas depositadas por los camarones adultos vuelven a entrar a la laguna con la marea y así es su ciclo”.

Fuente: elnuevodiario.com.ni

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